lunes, 25 de octubre de 2010

El cañón de luz

El jueves 21, y el sábado 23 actué junto a Miguel Lago en dos teatros, a través de Paramount Comedy.

La primera actuación fue en el Teatro Principal de Orense, un teatro para 400 personas, muy bonito, con el público muy cerquita del escenario y muy acogedor. Y la segunda en el Auditorio Municipal de Lugo Gustavo Freire. Mucho más grande (creo que caben alrededor de 1000 personas), aunque de un aspecto más frío, tal vez por el tamaño, o tal vez porque efectivamente hacía frío dentro.

Actuar en teatros, sobretodo cuando el público es como el que me encontré yo en Galicia, es una verdadera gozada. Visto desde afuera, tiene que ser la leche. Y digo visto desde afuera, porque durante la actuación tienes una sensación de soledad extraña. Sabes que hay cientos de personas mirándote, pero no las ves. Tú solo ves una luz cegadora, que surge de la oscuridad más absoluta. Podrían ir poco a poco saliendo a hurtadillas y no darme cuenta. Lo único que pensaría sería "Vaya, no se están riendo mucho".

Pero las risas y los aplausos, te confirman que siguen ahí, y en ocasiones retumban con tanta fuerza que te hacen sentir aun más pequeño. Porque no tienes un decorado, ni compañeros pululando por las tablas. Estás ahí en medio, solo, perseguido por el inevitable cañón de luz, que no se deja esquivar, y que te mantiene en el centro del círculo que se dibuja en el suelo del escenario.

A veces, con la mano a modo de visera, aciertas a distinguir unas cuantas hileras del patio de butacas, y puedes ver a toda esa gente mirándote, escuchándote, esperando que les hagas reír. Han venido desde sus casas, algunos han salido exclusivamente para verte, y luego regresarán. Otros te han incluido en su plan de ocio, pero nadie está allí por casualidad. Saben a lo que van.

En total, he estado una hora sobre las tablas, en dos bloques de treinta minutos. Tres días en Galicia, para una hora. He podido disfrutar paseando por el centro de Lugo, que no lo conocía, ni había visto nunca su enorme muralla. He vuelto a las calles de Orense, y he cenado de lujo en un restaurante cuya camarera decidía lo que me traía y lo que no (yo pedía, y ella hacía luego lo que creía conveniente, y creedme que se lo agradezco porque su criterio resultó exquisito). Y además he tenido la suerte de poder compartir todo esto con David, el chaval de producción de Paramount, que ha resultado ser un compañero de viaje cojonudo, y a ratos con Miguel Lago, que no nos acompañó todo el viaje porque tiene la suerte de tener campamento base propio en Vigo.

Ha sido solo una hora, medio cegado, hablando con la esperanza de que sumergidos en la oscuridad, haya cientos de personas pasándolo bien. Una hora que ha dado sentido a mil doscientos kilómetros y tres noches de hotel. Una hora que no cambiaría por ninguna otra en esas cerca de ochenta que he pasado fuera de casa. Y eso que de esas ochenta, por lo menos 10 han sido en restaurantes gallegos, y el que me conozca sabe lo que eso significa para mí.

En definitiva, una hora de felicidad, que espero que se repita tantas veces como sea posible a lo largo de mi vida.