viernes, 8 de junio de 2007

Cómicos

Ayer iba a escribir, pero me lié con unos asuntillos y no pudo ser.

El miércoles volví a estar en el Triskel, viendo monólogos de humor. También pude ver a uno de ellos tocar la guitarra y cantar canciones divertidas. Me moló mucha una de un pigmeo gay, y la del ataque de las hormigas asesinas :)

Esta vez llegué un poco más tarde, y en vez de sentarme dentro me quedé en la puerta. Así de paso evitaba la tentación de hacer de heckler, algo que alguna vez me ha ocurrido, pero que os aseguro que nunca con intención (al menos, no con mala intención). Pero entiendo que aunque uno va allí a reirse un rato, seguramente la persona que está arriba probando sus textos prefiere centrarse en su actuación que en mis chorradas, porque de hecho van para eso.

Así que esta vez traté de ser más discreto, y aunque no quiero quitarme culpas, lo cierto es que la vez anterior llevaba una hora y media esperando y tomando cerveza, lo que no ayudó a mi autocontrol :oP

Pude comprobar cómo alguno repetía textos, con tonos y actitudes diferentes, recortando cosas, metiendo otras... un auténtico taller de chistes. Empiezas a ver el lado serio del cómico, cómo cambia cuando sube al escenario y cómo vuelve a cambiar cuando baja. Y no es que interpreten un personaje, sino que más bien me pareció que hay que saber cómico en su momento, pero también hay que saber parar en el momento adecuado. Esto último es algo que personalmente no controlo del todo bien. Ojo, tampoco es que no sepa hacerlo, es sólo que a veces me cuesta parar de decir gilipolleces. Soy consciente de ello, pero eso no lo hace más fácil :o)

El público estuvo "especialmente" participativo, y a mi entender esto resta capacidad de experimentación al cómico, aunque no deja de ser un entrenamiento. Al fin y al cabo, cuando uno se sube a un escenario nunca sabe cómo va a reaccionar la gente.

Esto me recuerda aquella vez que estaba cantando, y tuve que hacer salir a saludar a un tipo para evitar que lo hiciera por propia iniciativa y de manera descontrolada. Le dije:

- ¡Dartacán, sube y saluda! - Y el tipo saludó... Desde entonces hubo una época en que le llamaban "Dartacán".

Y es que el directo tiene esa capacidad, puede hacerte meter la pata hasta el fondo, o puede proporcionarte situaciones que nunca sabes cómo van a terminar. El micrófono engancha, y mucho.


Foto del concierto, el día que conocí a Dartacán