sábado, 6 de octubre de 2007

Birmania

Toda dictadura es un error.

Es una herida en la historia de cualquier pueblo, y como toda herida, tarda en curar. Sobretodo si te dedicas a rascárla de vez en cuando. Pero hay que ponerse manos a la obra cuanto antes, si quieres que alguna vez termine por curarse.

El pueblo birmano sufre una dictadura desde hace décadas, y cuando escucho los métodos empleados para reprimir cualquier intento de cambiar las cosas, no puedo evitar sentir cierto asco por esa parte de la naturaleza humana que nos hace ser tan crueles a veces.

Consiguen que las familias nieguen a los suyos para evitar que las encarcelen en bloque, fotografían a los manifestantes para detenerlos por las noches, y disparan a las masas que gritan pidiendo una democracia que nunca llegará para un buen puñado de ellos, porque morirán en el intento. Y mientras veo esto en las noticias, estoy en casa comiendo o cenando, y sintiendome culpable por pertenecer a esa parte del mundo que observa cómo la otra se hunde.



Birmania grita pidiendo ayuda, mira hacia afuera buscando a la caballería en el horizonte. ¿Pero dónde está esa caballería?

Es gracioso ver cómo Bush critica al régimen birmano, mientras alimenta otras dictaduras. No critica al gobierno birmano por la represión contra el pueblo, es evidente que este tipo de cosas nunca le han importado una mierda. Lo que persigue realmente es fastidiar a los chinos, que a su vez apoyan a los birmanos (ojo, a los que gobiernan, no al pueblo) porque tienen intereses allí: el siempre sabroso petróleo y el gas natural, además de otros intereses.

Como siempre, mientras los buitres carroñeros se reparten los jirones de los moribundos, nadie da un duro por la carnaza. Así que unos cuantos siguen jugando al golf mientras cierran algún que otro negocio, cuando cientos de millones de personas en el mundo pasan hambre. Irónicamente, viven sentados encima del cofre del tesoro, pero no tienen la llave.

Así que como no se me ocurre nada que yo pueda hacer, voy a seguir el ejemplo de los monjes birmanos, y voy a rezar (algo que no hacía desde que tenía 9 años).

Querido Dios:

Si es verdad que existes ¿No crées que ha llegado la hora de admitir que la cosa se te ha ido un poquito de las manos? Digo yo que podrías intentar enmendar un poco las cosas, porque sinceramente, serás un máquina en lo creativo, pero lo de administrar se te da como el puto culo.

Amén