domingo, 12 de octubre de 2008

¡Chin Pon!

¡Se acabaron las vacaciones!

La verdad es que han cumplido con creces el objetivo marcado: He desconectado al 100%. Tanto que temo que mañana el aterrizaje sea forzoso.

México ha resultado ser un sitio increíble. Nada como viajar para confirmar la ignorancia que uno suele tener sobre aquellas cosas que solo conoce de oídas. Personalmente he quedado encantado con muchas cosas. Pero ojo, también he tenido que sufrir alguna que otra contrariedad.

Cancún nos recibió con lluvia. Pero no una lluvia normal, allí la lluvia es torrencial, exagerada y tibia. Por suerte, también es intermitente, y cuando no llueve hace un sol más abrasador de lo que se espera.

El hotel estaba bastante bien, y tuvimos la suerte de que nuestra habitación tenía la terraza junto a la piscina, frente al mar. Según salía del dormitorio, un par de zancadas largas y al agua. Además, estábamos entre manglares, así que era frecuente cruzarse con iguanas, mapaches y todo tipo de bichos. También era habitual ver águilas, pelícanos y turistas. Estos últimos solían ir en pareja, y se conoce que el gobierno mexicano está haciendo una gran labor de control, porque la inmensa mayoría iba anillada. Creo que nunca he ido en un avión tan empalagoso. Deberían haber amarrado un puñado de latas vacías en los alerones de cola.

Una de las cosas que menos me gustó fue el ser tratado como un turista. A ver, es cierto que era un turista, pero me fastidiaba ese rollo "quiero tus dólares" que se respira en la quinta avenida de Playa del Carmen. Encima los precios son como para mandar a tomar por saco a más de uno, pero lo mejor que puedes hacer es pasar del tema y seguir caminando. Además, la puñetera pulserita "todo incluído" te deja vendido de cara a los vendedores. Yo le daba la vuelta, y la ocultaba bajo el reloj. No servía de mucho.

Otra de las cosas que me afectó bastante es el grado de humedad que hay por estos lares. El 90% del tiempo estaba sudando, y el 10% restante bajo el agua. La ropa no se secaba del todo, el sol abrasaba, y los mosquitos se ensañaban con mis tobillos. Tenía que ponerme protector solar para ir de la habitación al comedor (unos 300 metros), y también repelente para mosquitos. Con el sudor, la mezcla me hacía ser una especie de babosa barbuda la mayor parte del tiempo.

Pero con todo, el viaje ha sido genial. He visto cosas increíbles, y de nuevo alguna que otra anécdota curiosa, como estar a las dos de la madrugada con gente de Vancouver y Quebec cantando, guitarra en mano, canciones de Héroes del Silencio en el patio del hotel. He aprendido a contar como lo hacían los mayas, en vigesimal, con puntos, rayas y caracolas. He conocido a un guía de excursiones que bien podría dedicarse al stand up, y que desgranaba entre monumento y monumento la realidad mexicana del modo más ácido. Jorgito, te debo una visita al Museo de las Américas.

Pero ya pasó, y ahora toca retomar la vida cotidiana, el biorritmo y el trabajo pendiente. Esta semana hay prueba con Paramount, visita a Valladolid (el español, el mexicano ya lo visité el domingo pasado), y asumir que hasta diciembre va todo de una sola tacada.

Y ahora unas fotitos...


De Forrest por la vida.


Luchando contra el calor.


Un vecino habitual.


En el jeep, antes de salir hacia los manglares.


Chichen Itzá, una de las nuevas maravillas del mundo.


En la selva.

Por supuesto tengo muchas más, pero no es plan.

Y para terminar, una anécdota. El viernes estuve comiendo en un restaurante en el centro de Madrid. En un momento dado, miro hacia la puerta y veo que entra un grupo de clientes que provocó un revuelo especial entre el personal. ¿Quién estaba allí? Pues el mismísimo Jaime de Marichalar. Por un par de segundos, nuestras miradas se cruzaron, y me pareció curioso, porque justo antes de irme había escrito sobre él. Y yo me pregunto: ¿Cuanto más tengo que escribir sobre Pilar Rubio para que me ocurra lo mismo?