lunes, 13 de agosto de 2007

Balance

Estos días he estado reflexionando un poco, haciendo una especie de balance sobre objetivos, metas conseguidas, fracasos... no sé, lo que se supone que es un balance, pero así a ojo, muy por encima, aprovechando las vacaciones. Nada como alejarte de las cosas para que quepan dentro del objetivo.



Dicen que la ocasión la pintan calva, y ciertamente estoy convencido de que muchas cosas hay que pillarlas en el momento, pero otras hay que meditarlas, observarlas, madurarlas... Porque luego son los arrepentimientos. Y eso que no soy de los que se recrean en comparar lo que se hizo con lo que se debió hacer, o al menos no demasiado, pero a veces termino sucumbiendo a la tentación. Estos días, por ejemplo, lo he hecho varias veces.

Entre los cientos de miles de asuntos que tengo pendientes, algunos se están convirtiendo en una especie de joroba sobre mi espalda, que son imposibles de ignorar, pero que no termino de extirpar de mi vida. Y me pasa con muchas cosas, no todas intangibles (sólo hay que ver cómo tengo el trastero de casa, lleno de cosas inútiles, pero que no termino de arrancar de mi vida de una vez por todas). Otros funcionan como una especie de cordón umbilical, que me mantienen en conexión con etapas de mi vida que debí cerrar hace ya muchos años.

Siempre me pongo plazos, me obligo a hacer cosas que ya no me apetecen, con la intención de poner punto y final a esas tareas, pero siempre aparece algo que me resulta más atractivo y que termina por absorberme del todo. Y como me conozco, lo que hago es ir diciendo lo que voy a hacer a las personas que tengo más cerca, para que sean ellos los que me vayan recordando constantemente mis compromisos, como pequeñas fustas programadas para hacerme reaccionar cuando se me pasa el interés inicial que acompaña a todas mis pretensiones. Yo a eso le llamo falta de voluntad.

Todavía no estoy calvo, pero el proceso ha comenzado. Es como si de repente mirara hacia atrás y viera cómo el tiempo me persigue. En realidad lleva haciéndolo desde hace mucho, pero uno no termina de darle importancia hasta que hace balance, y se da cuenta de la cantidad de cosas que quería hacer y no ha hecho.

Hace poco, un taxista me dijo que el prudente siempre llega tarde, y creo que por ahí van los tiros que me están alcanzando. Sé que moriré con muchos asuntos pendientes. Yo no tengo ningún Atreyu que termine las historias por mí, pero de repente siento una impaciencia que me inquieta, y no me mola nada el motivo.